“Escritor es una condición social en muchos niveles y en muchos países. Y escribir es otra cosa” Así nos lo anunciaba Renato Rodríguez, escritor venezolano de gran envergadura, en una entrevista que le concediese a Monte Ávila Editores al confesar que “escribir es un fenómeno psíquico, un fenómeno anímico (...) aquí en Venezuela hay muchas personas que quieren ser escritores, pero hay muy pocas que quieren escribir”. En la actualidad, y desde mucho antes de ella, los portadores de grafito siempre se han visto –unos antes que otros- enfrentados a la batalla inicial que da rumbo, o que marca su prematuro fin, en lo que significa el arte de escribir.
Muchos suelen huir de esta vocación, muchos nunca han podido escapar de ella, pero también muchos otros se han visto derrotados ante ese paso inicial, ese primer desafío con la hoja en blanco.
Para algunos estudiosos esto obedece al mismo acto de ser, puesto que hay lazos que nos unen como especie y que se ponen de manifiesto cuando nos vemos obligados a actuar de forma esencial, aferrándonos a lo más íntimo de nuestro ser.
Un recorrido interno, un viaje para espiarse la geografía, un encuentro con todos los que nos habitan; esa puede ser la vía para dar con la respuesta, al momento de vernos expuestos ante los diferentes desafíos que nos ofrece este oficio. Y aunque de alguna u otra forma tanto nuestro pensamiento como el propio andar, cambien, atender el llamado es la tarea; darle espíritu y forma a ese reclamo, a ese grito que nos asedia en las noches y que siempre se manifiesta en las horas más bajas.
De manera que estas líneas van para ti, que te cansaste de aguantar las burlas del papel, que te sentaste frente la computadora y terminaste jugando Solitario, que te levantaste una y mil veces para ir al baño sin tener nada más que un encuentro con el espejo, que has llenado papeleras enteras de hojas vacías; tú, que te levantaste a media noche intentando arañar ideas, y que viniste a descubrir que darse de baja, muchas veces es lo más sensato. Hoy te digo que no te llamaré cobarde, puesto que tendría que llamarle cobardes a todos, incluso a mí mismo, que también me he visto expuesto ante los asedios de las primeras letras; pero lo que sí diré, es que justo ahí es donde radica la magnificencia de este vaivén, en ese bípedo transitar, lleno de tachuelas y de maravillosos paisajes, que implica un encuentro inesperado.
De modo que NO DESFALLECER es el prefacio. Y como decía el poeta: “Se aprende a escribir escribiendo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario